Este espacio es un homenaje a la cotidianidad y a todas las cosas que nos determinan cada día en algún lugar. Una puesta en escena, digámoslo así, de nuestra inocente conducta y de nuestro sintomático presente. Una función categórica de nuestra existencia que, embullida en un escenario técnico, mutable y fortuito, representa al tiempo de las revoluciones personales. Y acomodados en ellas, nos sentimos originales, convertimos nuestras vidas en un lugar conjugado entre cosas y nos anestesiamos frente al compromiso inmediato de compartir el mundo.
Un modo de expresar el pensamiento que se ha convertido ya, en un fetiche peligroso y gratuito y para el cual es de reclamo elementos más directos, menos retóricos. Un inocente recurso que hoy simplemente nos evoca a la época del dejarse sorprender, sin mayor responsabilidad que la de estar disponibles para el mundo. Una cuestión de sana perspectiva, pero que se presenta frágil ante la duda. Se ha dicho mucho y el empacho ha dejado de ser gratuito. Es sin duda, una manifestación en toda regla de un modelo de comunicación contradictorio, borroso y manifiestamente subyugado a un instinto que ha dejado de ser voluntario. Y en apariencia, nos mostramos seguros frente al mundo, damos cuenta de nuestra buena educación e imitamos una idea individualizadora de nuestra libertad, producto de una neurótica convivencia y necesaria complicidad. Ya no caben lugares mejores o peores. En ellos estamos y en ellos nos quedaremos.
Aquí simplemente se quiere contemplar a través de imágenes y textos cortos, un modelo de pensamiento breve, preciso en su contenido y complejo en su forma. Una ventana abierta a un paisaje incómodo, que invita a una reflexión de la conducta humana y a una práctica del decir. Este espacio representa a la inquietud moderna, es decir, a ese lugar de disyuntivas escénicas que nos sintetizan. De ahí que se haya bautizado la cabecera con el subtítulo de Antropología digital*, pues ya no sólo disponemos del uso del lenguaje de forma natural, sino que éste prostituido diariamente en escenas que nos representan, depende del contexto pixelizado y tridimensional de si mismo. Es en definitiva, la expresión de una vida a débito representada por nuestra insegura correspondencia emocional.
De este modo, no se pretende ofrecer un discurso unidireccional o cerrado, la opción del pensar sólo depende de una cuestión de recíproco uso y de la misma forma que los argumentos están aquí disponibles, éstos serán mutables por la experiencia de quien mira. Una mayéutica adaptada a nuestros tiempos, donde el interlocutor será el conjunto de imágenes y pensamientos que se exponen y el espectador quien tome su propio interrogatorio personal. Una línea de pensamiento aguda, que sin intención de aclarar nada, pone, digámoslo así, las herramientas para una práctica de la destreza de entender al prójimo y mostrar simplemente el mundo desde el interior que somos.
Por otro lado, simplemente añadir que también se han querido memorar a aquellos que con su esfuerzo han pensado por nosotros y nosotras o hecho cosas para todos y todas. Considero que las ideas ajenas merecen un profundo respeto cuanto más han constituido lo que somos. Conllevan una complicidad necesaria y empatizan con la conciencia que uno mismo pone sobre si. Sin duda son más importantes que las ideas propias, pero en este caso es cuestión de tomar riendas en aquello que nos importa y no responder porque sí a las inquietudes que nos magnifican.
Marc Carmona
*El trasfondo del subtítulo Antropología digital, se debe al ejercicio de componer, a través de imágenes y palabras que se conjugan, un marco conceptual común y a su vez bidireccional, donde ambos modelos de comunicación se debaten a sí mismo. Una expresión recíproca del lenguaje, que no pretende más que situarnos en una interacción de elementos. Una mayéutica interna que sitúa al observador en el centro de los contenidos y en una reflexión directa sobre ellos.





