Los estados prudentes de la conciencia

| 25 julio, 2011 | 0 Comentarios

Un malentendido conceptual que nos aleja momentáneamente de nosotros mismos hacia una idea de nosotros sin el mundo.

Es una cuestión evidente que todo individuo desarrolla durante su vida cambios en cómo percibe las cosas. Este hecho, que bajo circunstancias normales se produce en la realidad objetiva de cada persona, singulariza el modo en cómo entendemos esto o aquello, pero también nos hace impredecibles cuando defendemos nuestra integridad intelectual en el intercambio de razones.

Consciencia

Esta compleja característica de nuestra naturaleza es una de las causas que nos distancia del sentido real de lo que algo es y la que a su vez, encierra en nuestra persona la responsabilidad de vivir acorde a unos atributos que nos otorgan, a lo largo de nuestra vida, la construcción en nuestro imaginario del mundo que vivimos. En este proceso, las facultades sensoriales constituyen la estructura fundamental para ese desarrollo y nos involucran en un mundo propio y personal que se desarrolla en el esfuerzo de la convivencia diaria. Lo que lleva a preguntarnos ¿qué nos distingue entonces como individuos? y a qué nos referimos cuando señalamos a alguien como una persona madura y por consiguiente, responsable e inteligente.

El paradigma social que interviene en este proceso cognitivo lo podemos situar en la paradoja existente entre nuestro (ser) colectivo y nuestro (ser) individual, es decir, en la inseparable disyuntiva entre la persona que somos con y para los demás, y la persona que somos con y para nosotros. Sin pretender profundizar mucho en este detalle, lo que nos interesa bajo esa circunstancia es el tipo de factores que intervienen cuando nos enfrentamos a estas dos realidades presentes siempre en nosotros, las cuales, por su naturaleza, nos acomodan en un cierto grado de conciencia que es dependiente de nuestro compromiso con la atención. Esto nos lleva a pensar que en ambos casos, el grado de realidad por el cual se expresa nuestra persona necesita del filtro alcanzado de madurez, para una elaboración de la percepción a través de la conciencia.

Darnos cuenta de la realidad que vivimos, ya sea del modo en como somos para nosotros mismos o para el mundo, supone entonces atender a la experiencia que se desarrolla previamente al hecho mismo de la conciencia, esto es, a la reflexión que nos vemos sometidos en el marco de una acción u otra a lo largo de nuestra vida. Esta coyuntura, que se enfrenta diariamente a categorías sociales como el trabajo, las costumbres, el idioma, la familia, la religión, etc, depende de la observación que hacemos sobre los condicionamientos que estas mismas categorías generan. Lo que sugiere, que dichas categorías nos exponen en el tiempo a una relación de nosotros mismos marcada por la incertidumbre de lo que es natural en nosotros, frente a lo que esas categorías nos muestran de nosotros. Este hecho, que se hace más evidente cuando afrontamos las decisiones cotidianas, es el que nos asienta en ese espacio contradictorio haciendo presente la dualidad. ¿Qué determina entonces un tipo de elección u otro en nuestra vida?, dígase por ejemplo una respuesta, un cambio de rumbo, una motivación…

Responder a esta pregunta implica señalar a la individualidad como el lugar donde se conjuga nuestra realidad aparente con las categorías sociales que representamos. Esto indica que existe una distinción entre quienes somos y aquello que nos ha llevado a ser quienes somos, pues una depende del grado de conciencia que hemos desplegado en el tiempo y la otra de cuanto han influido en nosotros unas u otras categorías. Esta conjunción nos lleva sin duda a la autonomía natural que nos hace más o menos eficaces en la sociedad, pero en absoluto justifica el crecimiento intelectual que se le atribuye a una persona llegada la la supuesta madurez (edad adulta), porque ésta no depende de un crecimiento biológico en el tiempo, sino más bien de una atención responsable de la conciencia y por consiguiente de todo lo que perseguimos en cada elección tomada.

Así, hablar de madurez implica distinguir entre un modelo de conducta condicionado por categorías que sólo pertenecen a la realidad aparente (por ejemplo el simple hecho de señalar a alguien como adulto con toda la carga de atributos que eso significa), y por otro lo que eso comporta en el curso de nuestra vida, pues observemos que la madurez es un proceso de obertura que de desplegarse, en el mayor grado posible fuera de todo condicionamiento, nos situaría en un estado de conciencia que no participaría de ninguna mediación. Lo que nos permitiría superar toda diferencia desarrollada en nuestra conducta, es decir, liberar al pensamiento de toda estructura.

Entender los procesos por los cuales la madurez, en el transcurso de la vida, pierde alianzas con la conciencia que la hace ser, es en el fondo, lo que nos interesa.
Podemos entrever que la cuestión de la madurez, cuando es representada por dicha adquisición de categorías, tiene un doble perfil. Esto es, que por un lado esas categorías se entienden como propias llegada la edad “adulta” y por otro, que éstas se anteponen a nosotros mismos como parte de aquello que no entendemos. Esto nos sitúa en un enfrentamiento que se alimenta de objetivos concretos (necesidades, deseos, carencias, etc) a través de dichas categorías, delimitando así a la persona que somos respecto a nuestra capacidad real de acción. Esta autocensura es la que genera estados de creencia que tienen que ver con sentimientos de seguridad, violencia, miedo, por citar alguna de las impresiones más comunes, conformando una conciencia delimitada que, de no ser atendida, pierde poco a poco en el tiempo su función de observadora en pro de una estructura cerrada, es decir, categorial. Es por esto que la madurez en el ser humano es un ente delicado. Si sólo la vemos como una conjunción de elementos categóricos, no puede haber un crecimiento en la persona y por tanto damos paso a una consolidación que trae, en consecuencia, una lucha en nuestra conducta en favor de unas ideas u otras.

¿Significa pues que llegada la edad adulta las variables que intervienen en el proceso de nuestras capacidades se tornan dependientes de su poseedor? es decir, de un individuo que no observa su conciencia sino que es estimulado por dicha experiencia y en consecuencia por una madurez categórica. Y suponiendo que así sea, ¿intervienen estas capacidades espontáneamente en la conducta de la madurez y por tanto, representan un determinado grado de conciencia?. O es a partir del momento de aparente autonomía cuando aparece el fantasma de la responsabilidad y de ese modo entramos en un estado de contradicción entre lo colectivo y nosotros. ¿No es a caso una realidad que para una mayoría de personas avanzar en el tiempo es quedarse cada vez más atrás?.

Podemos ver que la edad adulta no nos justifica para ejercer con responsabilidad e inteligencia nuestra vida y que ésta dependerá, con motivo de su complejidad, de la calidad de observación que hagamos de nuestros mismos a lo largo de nuestra vida. Por lo que advirtiendo a lo que estamos entendiendo por maduración, la conciencia es una naturaleza que no tiene un espacio de tiempo concreto en donde se desarrolla en nosotros y por consiguiente no tiene edad ni fin. Si esto es así, ésta depende de los valores relativos que son manifiestos en nuestra vida para hacer emerger nuestras aptitudes innatas a través la observación que hacemos de ellas. De ese modo, éstas pueden evolucionar en tanto cómo proyectamos su grado de madurez a nuestra realidad objetiva para hacerlas conscientes. Por lo que entendemos, que la conciencia no es simplemente un sentimiento existencial, sino el lugar donde se incrementa nuestro potencial individual a través de la a atención.

Vemos así que la conciencia es una herramienta ipso facto que tiene la función de ejercer un papel mediador entre nuestra percepción y el grado de madurez alcanzado, lo que la convierte en el elemento maestro para toda persona y en el atributo innato que nos aproxima a las cosas en un grado u otro a través de la atención. Todo lo contrario que un pensamiento basado en la ejecución de categorías mentales, ya que éstas implican un comportamiento de la conciencia que merma en el tiempo su calidad y permite que dichas categorías, con el paso de los años, sean más predominantes y se consoliden para el resto de nuestros días. De ahí que en etapas más avanzadas de la vida una mayoría de personas se aferren a sus creencias como parte del sentido que las hace existir.

la_conciencia_01De ahí extraemos, que una falta de atención a nuestra conducta permite en el tiempo disminuir o incluso detener el crecimiento de nuestra conciencia para ser dirigidos en un sentido amplio por nuestra cosmogonía, es decir, por una experiencia que deja de ser presente para nutrirse de su propio esquema mental. Una desatención de nuestro estado de madurez que puede traducirse, y en general es así, por un modelo de conducta que de forma paradójica huye de su propia diferencia, es decir, de la experiencia que se manifiesta a través de nuestra realidad dual para depender, de ese modo, de una conducta delimitadora basada en la supervivencia (yo frente al mundo). Lo que implica una observación de nuestra convivencia que sólo es real en el esquema categórico creado. El proceso evolutivo e inteligente de la conciencia puede ser anulado.

El grado de responsabilidad o inteligencia de una persona dependerá entonces, de cuanto más cerca esté de la meditación que toma de su conducta que del propio proceso de madurez, pues como ya hemos podido ver, ésta es simplemente eso, un proceso. J.Krishnamurti ya lo indicaba, señalando que el acto mismo de observar sin que interfiera ningún condicionamiento del pensamiento es en si mismo lo que hace real quienes somos. Dicho de otra manera, la vida humana no es más que un ejercicio de conciencia y por consiguiente, una aprehensión de la realidad hacia la madurez. De ahí que debamos comprometernos con la capacidad de traducir nuestra conducta en una calidad de observación a fin de no censurarnos.

Resumiendo, la capacidad humana para la ejecución de la atención y por tanto de la contemplación de nuestro proceso evolutivo y personal, implica, en su defecto, una separación y por tanto, un distanciamiento de las creencias derivadas de las propias categorías mentales. Esto produce una ruptura con la delimitación que esta estructura categórica del pensamiento implanta en nuestra conducta y permite una observación de la persona que somos en el presente inmediato. Esto nos abre un paradigma nuevo de nosotros mismos y nos lleva a la reflexión, de que poco tiene que ver la madurez con la condición de atributos que se le otorga a una persona llegada la edad adulta. Lo que nos atrevemos a decir, que ésta está más cerca de la idea misma de evolución que de una predeterminación de las distintas etapas de nuestra vida.

La responsabilidad, el razonamiento, la inteligencia, etc, dependen entonces, llegada la edad adulta, de su observación fuera de cualquier condición categórica, ya que estos atributos no tienen ningún valor en si mismos si pasamos desapercibido qué está regulando esos procesos y por qué. Es por esta razón que la mayoría de edad no viene por defecto acompañada de herramientas definidas y estructuradas; maduras, sino que es el momento de la vida donde la conciencia se hace más presente a través de su despliegue en el tiempo, para con ello dar forma a lo que empieza a ser relativo en nosotros. Así, el enfrentamiento con la dualidad, que se hace más presente que nunca, tiene como fin situarnos en el mundo tal y como somos o, de otro modo, tal y como nos hemos definido categóricamente. En definitiva, la madurez participa en nuestra existencia como ese proceso que, de participar de la observación, nos permite crear realidades, pero que de asentarnos en nuestro paradigma mental nos cuarta tanto cómo nos miremos el ombligo por miedo a lo desconocido en nosotros.

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